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Vagabundeando en la red

Nivaria Perera,

Periodista

Delirio de delirios no es irse a la cama temprano y soñar como  la canción infantil de los Cochinitos, “uno soñaba que era rey  y que de pronto quiso un pastel,  el Gran  Visir hizo traer, 500 pasteles nomás para él”, es despertarse como si fuera la hora acostumbrada de ponerse en pie con los rayos del sol, pero aún el rastro rey duerme a pata suelta y entonces qué le queda a una irse a asaltar  el refrigerador o vagabundear en la red.

Pues, cuando todos duermen y te ponés a leer tus  notificaciones sobre las inquietudes de tus  amistades o las páginas de tu interés musical, literario o político o cualquier otro, saltan las sorpresas.

Claro, estás en plan de vagabundeo y te dedicás a husmear en ese mar de información que más que mar parece un foso infinito de banalidades. De ideas inconclusas, de sentimientos  y frustraciones  y  ni qué decir  de las imágenes que las acompañan. ¡Mi madre!

Corrí como era de esperar a salir de la cama y encaminarme, eso sí muy abrigada, toda abrigada para no quedar torcida como las vías que se ventilan en “Cochinilla” muy  cobijada, casi como tamal navideño al fondo de la casa.

Qué noches más frías, pues  sí no fui al refrigerador sino al rincón de las bebidas espirituosas y descubrí que el coñac y el ron habían volado. Claro, los queques navideños eran los culpables. Pero sí encontré un delicioso Amarula. Luego de  una placentera dosis y otra no en una copa sino en una tacita de café, de esas diminutas casi de juguete, regresé a mi cama.

No podía dormir, tampoco volver a las redes sociales porque huí espantada.

¡Qué tristeza me embargó! Tanta expectativa  sobre la red de redes, hasta en mi tesis en la universidad española la alabé.  Inimaginables alegrías se veían venir  por el avance  de la sociedad como un todo, conocimientos a granel, conexiones para salir de angustiantes situaciones  y encontrarme con comentarios como “hoy bañé a Pulguín con el shampoo de anonas” o la foto de la tortuga comiendo lechugas azules  o la  del gato esmirriado removiéndose o sacudiéndose las pulgas en el edredón de su dueño.  Y aquella otra,  de la chica babeándose por una cerveza roja que le ofrecían en un barril de piedras.

Banalidades sin sentido. Comunicación de masas de niveles ínfimos ¿eso es la igualdad y crecimiento social espectacular que se anunciaba?  Aún abrí más mis ojos y entenderá que el astro rey me encontró sentada en mi cama, más asustada que un gorrión acechado por un gato.

Y hoy, a dos semanas del día D, la tristeza es aún mayor al ver el uso de las redes para dar a conocer girones de investigaciones sobre los planes políticos de los partidos en disputa de las elecciones del 6 de febrero, dados a conocer ignorando a unos y maximizando los del interés de los investigadores. Y, qué decir  de esos memes que repugnan, o esos TicToks haciendo mofa de los candidatos a diputados o exhibiendo las carencias de los aspirantes presidenciales que no llegan ni a superar el dígito de error de las encuestas.

He llegado a cavilar  con  gran sinsabor  en esa triste experiencia y a pensar que ya las  tensiones sociales, las malas prácticas de los partidos políticos para elegir a sus representantes populares no son por temas gruesos,  tampoco el hambre o la falta de agua o techo de muchos en esta sociedad. Tampoco,  las angustias de salud,  ni la preocupación  por los indigentes que pululan como los gatos  y perros callejeros sin esperanza de un mañana mejor.

Todo eso y más queda obsoleto en la banalidad de las redes que generan minuto a minuto millones  de billetes  verdes a unos  cuantos y nos producen desazón a unos pocos porque vemos  cada vez más lejos la  alegría, igualdad, satisfacción y  grandes conocimientos que la red nos brindaría.

Sí, sí  ver con pesadumbre la insipidez con que llenan cientos de miles de ciudadanos  su tiempo y desperdiciando recursos tecnológicos fabulosos y perdiendo su oportunidad  de crecimiento en nimiedades, sumergiéndose  en ese mar cada día más enrarecido y oscuro,  de las redes sociales desinformantes.

Es ahí donde encuentro razón al poco interés por el futuro de Costa Rica que se juega el 6 de febrero en las urnas y el 40 y tanto % del abstencionismo y ya no es preocupante la arquitectura de la red para el comercio, lo preocupante es la poquedad, la poquedad de aspiraciones y de horizontes de la población.

Redacción

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