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Louis Armstrong: Leyenda del jazz

Fernando Fernández

Una nueva música, que nace y se forma en el sur de los Estados Unidos, irrumpe con su vibrante ritmo en los años veinte: En una cálida y húmeda tarde de julio, en las afueras de Nueva Orleans, una fúnebre comitiva se dirigía al cementerio.

Iba precedida de una pequeña banda que entonaba lentos y melancólicos sones, quizás alguna vieja canción negra como «Just a Closer Walk With Thee».

Poco después, la ceremonia concluyó y los semblantes se iluminaron. Habían llorado la pérdida del amigo y ahora iban a celebrar su recompensa en la otra vida.

A cierta distancia del cementerio, el tamborilero de la Tuxedo Brass Band tensó su instrumento e inició un vibrante redoble; mientras, sus compañeros se dispusieron a interpretar varias piezas de intenso ritmo como «Panamá» y «Didn’t He Ramble».

Al poco tiempo, la comitiva que regresaba del entierro se convirtió en un espectáculo.

Unos bailaban, casi todos parecían poseídos, enajenados por las notas de un joven cornetista.

Aquella exhibición no era un hecho extraordinario en la Nueva Orleans de 1922.

Después de los entierros, las bandas solían continuar la fiesta en una taberna o en una sala de baile, pero aquel día no era posible.

El sorprendente cornetista que había entusiasmado a la concurrencia debía tomar el tren de Chicago y, tras una calurosa despedida, se ausentó.

Su nombre era Louis Armstrong.

Entonces sólo tenía 22 años, pero en aquella capital del jazz se sabía ya que por su temperamento e inspiración podría desplazar del estrado de los maestros a cualquier otro trompetista.

En los últimos tres años había tocado por toda la ciudad en garitos y salas de baile.

En verano actuaba con la banda de Fate Marable en las travesías nocturnas, Mississippi arriba, del Sidney, barco de recreo.

Allí deleitaba a los que bailaban, y asimiló y recreó cuanto los demás músicos podían aportarle.

En 1922 disfrutaba de un sólido prestigio en el mundo musical de Nueva Orleáns.

Alguien, sin embargo, podía disputarle el cetro: Joseph Oliver «El Rey», trompetista legendario que cuatro años antes se había dado a Chicago y cuya Creole Jazz Band cosechaba sonantes éxitos.

Para Armstrong, Oliver fue siempre «Papá Joe», que le había ayudado e inspirado desde año.

Al subir al tren, Louis no podía imaginarse que después de una década, su figura no sólo superaría a de Oliver sino que llegaría a convertirse en el músico jazz más famoso, respetado e influyente del mundo.

El jazz nació en el sur de Estados Unidos, donde, tras los entierros, bandas de músicos de color celebraban con exultantes ritmos la recompensa del finado en la otra vida.

Cuando el joven Louis Armstrong llegó a Storyville se dirigió inmediatamente al Cabaret 25 y escuchó desde el exterior la inspirada música del Rey Oliver.

Tal era el apasionamiento del muchacho que Oliver se ocupó personalmente de su enseñanza y le procuró un local para actuar.

En 1917, Armstrong, vestido con un viejo uniforme de policía y una gorra, tocaba en el Mastranga, garito donde le pagaban 1,25 dólares por noche más propinas. Allí utilizaba una corneta de «Papá Joex».

Iba camino del éxito. Sin embargo, aunque 1917 significó para Armstrong el comienzo de su carrera musical, constituyó también el fin de una época.

La guerra amenazaba y el Ministerio de Marina ordenó el cierre de los locales de Storyville debido a los problemas creados por los marineros que disfrutaban de permiso.

Su comienzo musical: Nueva York

Sus inicios musicales tuvieron lugar en su ciudad natal, donde tocó con diversos grupos hasta 1922, año en que Joe King Oliver lo incorporó a su Creole Jazz Band en Chicago, donde se casó con la pianista de la banda, Lilian Hardin.

A raíz de sus actuaciones en la capital de Illinois, Fletcher Henderson lo invitó a Nueva York en 1924 para tocar en su big band, con la cual grabó algunos discos que pusieron de manifiesto la creatividad y originalidad del músico. Su virtuosismo en la improvisación ejerció una gran influencia en los músicos de jazz neoyorquinos.

En 1925 regresó a Chicago y fundó su propio grupo, un quinteto (The Hot Five) que posteriormente se transformó en septeto (The Hot Seven), con el cual se convirtió en uno de los músicos de jazz más reputados mundialmente y logró que en la década de 1920 Chicago compartiera la capitalidad mundial del jazz con Nueva York, ciudad a la que regresó a finales de esa misma década, entre otros motivos, para afianzar su carrera cinematográfica.

Debutó en el cine con la aparición en la película Ex-flame (1930), año en que también se separó de Lilian Hardin. En 1932 realizó una exitosa gira por el Reino Unido, que repetiría al año siguiente, aunque en esta ocasión incluyó además en su itinerario Dinamarca, Noruega y Holanda. En 1936 su popularidad era tal que decidió publicar una autobiografía, que tituló Swing that music. Siete años después de su separación matrimonial obtuvo el divorcio y se casó entonces con Alpha Smith. En 1939 participó en la realización de Swingin’ the dream, una versión de El sueño de una noche de verano de William Shakespeare en clave de jazz. Tras cuatro años de matrimonio, se divorció de su segunda esposa y contrajo terceras nupcias con Lucille Wilson.

El grupo de Armstrong, que había adquirido la forma de una big band tras su definitivo traslado a Nueva York en 1929, experimentó una nueva transformación en 1947: redujo su número de componentes a siete y cambió su nombre por el de Louis Armstrong and the All Stars. Con este septeto participó en el Festival de Jazz de Niza (Francia) celebrado en el año 1948, que es considerado como el primero de la historia. Seis años más tarde publicó una segunda autobiografía, Satchmo: My live in New Orleans. Durante la década de 1950 dio conciertos en buena parte del mundo y efectuó giras por África, Australia y Japón.

Embajador Satch

Los discos terminaron de llenar la leyenda de la figura de Louis Armstrong.

Sus giras al extranjero y el Armstrong Plays Handy —álbum extraordinariamente célebre— prepararon su viaje triunfal por Europa como «Embajador Satch» en 1955.

Después recorrió con su música América del Sur, África y todos los rincones del mundo.

Incluso en los años sesenta, cuando sus poderosos pulmones comenzaron a flaquear, creó dos nuevos éxitos, «Mack the Knife» y «Hello, Dolly», que se impusieron desde Kansas hasta Kenia. La magia de Armstrong, el hechizo de le jazz hot —según la expresión francesa— y el virtuosismo de algunos intérpretes otorgaron al jazz un carácter universal.

John Dankworth (imagen) en Londres, Stephane Grappelli en París, Django Reinhardt (guitarrista gitano nacido en Bélgica y ciudadano del mundo) y muchos otros realizaron importantes contribuciones.

El ritmo original de Armstrong, su balanceo característico, vive aún en la música contemporánea, tanto en las quejas de B. B. King a la guitarra como en el sentido de canto de Aretha Franklin.

Su muerte

El 6 de julio de 1971 murió Louis Armstrong en su hogar de Nueva York y nos dejó un legado difícilmente superable.

Su influencia fue soberana, al menos sobre dos generaciones de músicos, y conquistó para su estilo un público universal.

Las inconfundibles notas que él creó no perderán vigor para millones de personas conquistadas por su afecto.

Al margen de su faceta musical, Louis Armstrong fue un hombre de profundas convicciones políticas, que lo condujeron, por un lado, a condenar públicamente la segregación racial y a cancelar una gira por la Unión Soviética como protesta contra el régimen comunista gobernante. En 1964, el tema Hello, Dolly del musical homónimo de Gene Kelly (protagonizado por Barbra Streisand y Walter Matthau) le proporcionó su primer número uno en las listas nacionales de éxitos.

Al año siguiente, las autoridades municipales de su Nueva Orleans natal le concedieron la llave de la ciudad. En 1970 se le rindió un homenaje en el marco del prestigioso Festival de Jazz de Newport, en el que participaron figuras de la talla de la cantante Mahalia Jackson, Dizzy Gillespie, Bobby Hackett o The Eureka Brass Band.

Los genios —se ha dicho— no mueren del todo, y mientras alguien, en alguna parte, interprete jazz, Satch estará vivo. 

Redacción

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