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Lo indefinible, lo indecible, lo imposible

Jacques Sagot,

pianista y escritor

La palabra “amor” es lo que en italiano se conoce como un ombrellone: un gran parasol de esos que suelen brotar en las playas como enormes y multicolores florescencias.  Bajo su sombra se cobija una vasta gama de especies: el amor erótico, el filial, el fraterno, el materno, el místico, el afecto, la amistad, la gratitud, la simpatía, la atracción física, la comunión espiritual, el más basto y puramente hormonal deseo (aunque, ¿existe en efecto tal cosa?) y sí, por supuesto, los tres daemons de Platón: el eros, el filias y el ágape.

De esta variopinta fauna es posible extraer algunos rasgos comunes.  Son sentimientos que celebran la existencia del otro.  Lo corroboran, lo festejan, lo acogen como algo que, en los casos de menor calado es grato, en los más profundos, sublime. Cierto: el deseo es posesivo mientras que el amor es dativo, pero eso no debe importarnos por el momento: son sentires que exaltan y festejan el mero hecho de que el otro sea parte de nuestras vidas.

El amor es una construcción conjunta.  Como tal, demanda tiempo.  A veces mucho tiempo, acaso una vida entera.  Es tomar el tú, el yo, y elaborar con ellos una tercera persona: el nosotros.  Es la creación de una mitología íntima y secreta, hecha de miles de vivencias debidamente asimiladas.  Es la fragua de un lenguaje críptico, codificado, que sólo los amantes o los amigos tienen derecho de utilizar, y excluye por principio a los demás. 

De nuevo: nada de esto es posible sin ese factor que constituye el horizonte de todo vínculo humano: el tiempo.  Una lenta, progresiva cristalización à deux, la morosa coagulación de miles de minutos de vida pura, de vida en modo mayor y en modo menor, de vida hecha de luces y sombras, de colores cálidos y colores fríos, en suma, de vida intensamente vivida.  El amor va fermentando en las almas, al decir de Goethe, “sin prisa y sin pausa, como los astros del firmamento”.  No se puede apurar el tempo del amor: él no aceptará metrónomo ni batuta otra que la suya propia.  El amor es, de manera primordialísima, hijo de Cronos.

El amor (uso el término en el sentido genérico y múltiple que señalé al comienzo de esta rapsodia) tiene mil lenguajes: las serenatas, los ramos de rosas rojas, los anillos de compromiso, el aletear de los abanicos durante los siglos XVIII y XIX (desde los palcos de la ópera las damas enviaban mensajes cifrados a sus pretendientes con el mero movimiento de este multifuncional adminículo: en cuestión de un par de coups d´éventailuna relación podía ser disuelta, una propuesta aceptada, y un marido corneado), los versos destilando oxitocina, las sonrisas cuajadas de ternura o de concupiscencia, el cuerpo (instrumento extremadamente poderoso pero a menudo falaz), los atuendos, las cartas amarillas de Nino Bravo amarradas con cintillos rojos, hasta una sinfonía monumental, como lo es la Fantástica, de Berlioz, dedicada (¡y con gran éxito erótico!) a la actriz Harriet Smithson, que interpretaba a Ofelia para su delirio e irreprimible exultación. 

¡Ay, todos estos lenguajes son dignos de suspicacia: muchos mienten con el mero propósito de meter las manos en la prohibida caja de golosinas!  El único lenguaje fidedigno, ese del que no se puede dudar porque está condenado a decir la verdad, es el lenguaje de los actos.  Los actos solidarios, socorristas, comprometidos, que dicen: “aquí estoy para ti”.  “Tout le reste estlittérature” -hubiera dicho Verlaine-.

No hay amor posible sin reconocimiento y celebración previa de la alteridad.  De ahí en adelante, todo es travesía, un largo periplo hacia el ser amado, en el que el “ir hacia” importa muchísimo más que el “llegar”.  Aún más: conviene saber que jamás alcanzaremos el litoral avizorado en lontananza.  ¿Para qué abordar entonces? -se dirán algunos-.  Para navegar, para avanzar en la dirección correcta, para disfrutar del proceso, del viaje, para surcar tempestades, maelstroms, trombas marinas y hasta algún apocalíptico maremoto.  

Para eso sirven todas las utopías: para caminar.  Todos sabemos que por principio son inalcanzables, pero también sabemos que conviene propender hacia ellas, ir en pos de su imposible promesa.  Ese “ir hacia” le dará un sentido a nuestra vida, nos preservará del estancamiento, el taedium vitae y el nihilismo.  Al mundo le hacen falta nuevos utopistas.  Ya Verne, Spencer, Huxley, Orwell, Zamiati y Vonnegut nos administraron sobredosis de distopías, cada una más aterradora que la otra.  ¡Que florezcan por doquier, los nuevos evangelistas de la utopía!

Sin el reconocimiento de la alteridad (y el respeto por todo cuanto en ella es oscuro, ajeno, opaco, impenetrable) no es siquiera concebible el amor.  Para usar las palabras de Machado, el amor prueba “la esencial heterogeneidad de la sustancia única”.  La unicidad garantiza que podamos hablar un lenguaje común, que seamos inteligibles el uno para el otro; la heterogeneidad asegura que no sea posible la fusión que esterilizaría al amor como indagación apasionada del otro.  

El amor no es fusión: ¡es antes bien demarcación de los perímetros infranqueables y de la inviolable soberanía del individuo!  Es un lamentable lugar común pretender que un orgasmo simultáneo va a “fusionar” a dos seres humanos, en ningún nivel de su ser.  Recuerden lo que decía Unamuno en Del sentimiento trágicode la vida: “el placer une los cuerpos pero separa las almas, el dolor separa los cuerpos pero une las almas”.  Acaso sea justamente cuando comparten sus cuerpos que los amantes están más alejados el uno del otro.  Mucho más próximos están cuando ríen empáticamente de la misma cosa, o cuando lloran la misma pena.  La risa y las lágrimas son, exactamente, la mínima distancia posible entre dos seres humanos, el punto en que asintóticamente logran rozarse.  Nuevamente, el cuerpo puede ser un instrumento muy vehemente y apremiante (tanto un Stradivarius como un viejo violín de lata), pero padece de todas las limitaciones inherentes a la máquina humana, y además es “fecundo en ardides” (Homero).

Me ha sucedido sentir un amor para el cual el lenguaje sexual me resultaba extrañamente insuficiente, inadecuado, por poco una traición al sentimiento que lo animaba.  Sí, he vivido esa triste pero reveladora experiencia.  Hoy en día esta constatación no me sorprende ni aflige en lo absoluto, pero en su momento me angustió y llenó de ansiedad.

No hay atajos, no hay shortcuts, no hay elisión de las pruebas iniciáticas, no hay saltos con garrocha, no hay “cursos intensivos”, no hay nada que nos permita hacer trampa con el tiempo.  Sería violentar el tempo propio del amor, y ese tempo variará infinitamente según los participantes del juego.  El amor es una ceremonia, una liturgia, una experiencia que nos diviniza, y los oficiantes deben cumplir con todos los ritos de tan rigurosa solemnidad.

Habiendo expuesto las anteriores consideraciones, comprenderán ustedes que no puedo creer en el llamado “amor a primera vista”.  Es tan absurdo como pretender conocer a una persona por el mero hecho de haber estrechado su mano.  ¿El deseo?  Eso es otra cosa: la inmediatez, la precisión de rayo láser, la voracidad, la premura constituyen su esencia.  En el fondo no se trata más que de una enorme inundación hormonal provocada por las glándulas suprarrenales.  Cualquier chimpancé es capaz de ello.  Es un impulso sobrevalorado en nuestros días, un diosecillo ante el que jamás me prosternaría.  La sociedad de consumo lo promueve y estimula, y es lógico que así sea: para ese monstruo lo ideal es tener un universal mercado de homínidos salivosos, enajenados, maniacos, deseadores compulsivos e insaciables.  No me embarco en esa “nave de locos” (Platón: libro VI de La República).

A todo esto, ¿soy siquiera capaz de comprender lo que he escrito?  Eso es lo de menos.  Más importante es que ustedes lo hayan comprendido.

Redacción

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