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La nostalgia de la aristocracia

A muchos grandes futbolistas se les han endilgado motes harto gloriosos. Esto nos lleva por un registro imaginario que podríamos llamar “nostalgia de la aristocracia”. El “rey Pelé”; el “káiser Franz Beckenbauer”; el “príncipe Francescoli”; el “emperador Adriano”; “el barón Franco Causio”; “el barón Von Hessen”; “the king Eric Cantona”…  O bien “el Real Madrid”, la “Real Sociedad”, el “Real Betis”. La nobleza de sangre y de espada -no la de puro atuendo- pareciese aquí reclamar sus viejos valores, desde el fondo de los siglos. 

En efecto, es únicamente en el acotado espacio de la excelencia deportiva (salvo por los grotescos anacronismos de algunas cortes europeas) donde la gente está aún dispuesta a reconocer y celebrar la noción de realeza, más aún, de linaje (Beckenbauer, Rummenigge, Matthäus, Lamm en Alemania; o bien Pelé, RivelinoZico, Romario, Ronaldo, Neymar en Brasil). Unos engendran a otros, en lo que se percibe como un relevo del poder, una estirpe, un fuego sacro que pasa de mano en mano.

He elaborado esta casuística para demostrar cómo, en la psique humana, producto de oscuros atavismos colectivos, sigue identificándose la noción de aristocracia con lo excelso y egregio.  La expresión “Fulano es un aristócrata del espíritu” apunta a la misma ecuación: aristocracia = sublimidad. 

Algún remanente parece quedar en nosotros de los plebeyos, siervos de la gleba, “sans culottes” (“sin calzones”) que veían pasar la carroza real y, desde su supersticioso respeto (que pronto se convertiría en oclocrática furia), le prodigaban el homenaje de una admirativa reverencia. La etimología griega de la palabra es explícita: aristos (excelencia), kratos (poder). 

Durante la Antigüedad, Roma entronó a los patricios como clase aristocrática, y en otros países como Japón, los nobles fueron primero los daimyō de alto rango y más tarde los kazoku.  En la India eran los chatrías, y en Madagascar los andriana.

Los burgueses que coparon el poder con la Revolución Francesa, no siendo nobles (era una condición de la que sólo podía gozarse por vínculo de sangre), eran llamados “sine nobilitas”, esto es, “sin nobleza”. Fue por contracción de estos dos vocablos que nació el término “snob”: un pretencioso parvenu, un alpinista social, que se colaba en los círculos aristocráticos pese a carecer de nobleza.   

Hoy en día se habla de aristocracia para aludir a la nobleza y a las clases altas, por tradición o linaje, en cualquier sociedad. En un sentido más laxo, el término se usa para hablar de grupos selectos y excluyentes en diversos ámbitos (la “aristocracia financiera”, la “aristocracia del saber”, y la irónica “aristocracia proletaria”, que hace referencia a los trabajadores menos mal remunerados).

Todos estos signos (expresados en lo que mejor nos delata: el lenguaje) sugieren que el mundo, cansado del prurito igualitarista de la Revolución Francesa, echa de menos la noción de excelencia, y sobre todo, de un grupo de hombres y mujeres que la encarnen. Nostalgia de estructura, y más específicamente, de estructura vertical, jerarquizada (la iglesia, la milicia, las corporaciones, el parlamento, los ministerios, los gobiernos, las empresas, los deportes, el arte, la jurisprudencia).

Le cedo ahora la palabra prolijamente a Ortega y Gasset, que propone un diagnóstico social de ejemplar lucidez. “Como la democracia es una pura forma jurídica, incapaz de proporcionarnos orientación alguna para todas aquellas funciones vitales que no son derecho público, es decir, para casi toda nuestra vida, al hacer de ella principio integral de la vida se engendran las mayores extravagancias. 

La democracia exasperada y fuera de sí, la democracia en religión o en arte, la democracia en el pensamiento y en el gesto, la democracia en el corazón y la costumbre es el más peligroso morbo que pueda padecer una sociedad. Toda interpretación soi-disante democrática de un orden vital que no sea el derecho público es fatalmente plebeyismo. Quien se irrita al ver tratados desigualmente a los iguales, pero no se inmuta al ver tratados igualmente a los desiguales, no es demócrata, es plebeyo. 

Si  no mira el hombre su obra de democracia tan solo como el primer esfuerzo de la justicia, aquel en que abrimos un ancho margen de equidad dentro de la cual crear una nueva estructura social justa -que sea justa pero que sea estructura- los temperamentos de delicada moralidad maldecirán la democracia y volverán sus corazones al pretérito. Vivir es esencialmente, y antes que todo, una estructura: una pésima estructura es mejor que ninguna.

A Nietzsche debemos el mecanismo que funciona en la conciencia pública degenerada: lo llamó resentimiento.  Cuando un hombre se siente inferior por carecer de ciertas cualidades –inteligencia, valor o elegancia- procura indirectamente afirmarse ante su propia vida negando la excelencia de esas cualidades. 

Es la total inversión de los valores: lo superior, precisamente por serlo, padece una capitis diminutio, y en su lugar triunfa lo inferior. Vivimos rodeados de gentes que no se estiman a sí mismos y casi siempre con razón. Quisieran los tales que a toda costa fuera decretada la igualdad entre los hombres; la igualdad ante la ley no les basta: ambicionan la declaración de que todos los hombres somos iguales en talento, sensibilidad, delicadeza y altura cordial. Cada día que tarda en realizarse esta irrealizable nivelación es una cruel jornada para esas criaturas “resentidas” que se saben fatalmente condenadas a formar la plebe moral e intelectual de nuestra especie. 

Periodistas, profesores y políticos sin talento componen, por tal razón, el Estado Mayor de la envidia, que, como dice Quevedo, va tan flaca y amarilla porque muerde y no come. Lo que hoy llamamos “opinión pública” y “democracia” no es en gran parte sino la purulenta secreción de esas almas rencorosas”.

Gracias don José, maestro de maestros. Volvemos ahora a mi texto. Es un buen signo que en ciertos espacios acotados como los que he mencionado la gente siga aspirando a la excelsitud y a la aristocracia, concebida esta como “el poder en manos de los excelentes”. Es más, muchísimo más que la fementida meritocracia. Aquí estamos hablando de una dictadura de los más sofisticados, lúcidos, cultos, eximios, justos y misericordiosos ciudadanos en un lugar y momento histórico dado. 

El profesor con quien trabajé mi doctorado en estudios culturales franceses se llama Jean-Joseph Goux, y bien podría ser, al día de hoy, el más brillante y respetado filósofo que ha parido el país de Descartes. Tiene en su haber docenas de libros traducidos a todos los idiomas del mundo. Detentaba el poder de producir en los estudiantes una especia de estado alterado de la conciencia, tal era el hipnótico influjo de su palabra y la seductora coherencia de sus razonamientos. Salíamos de una clase de tres horas con la impresión de haber tan solo invertido una hora y media. 

Ahora bien: ¿puede alguien decirme -sin echar mano de cursilerías universalistas y ecumenistas-, por qué el voto electoral de este genio, espíritu de excepción, titán del pensamiento, vale lo mismo que el de un skinhead neonazi, un miembro del ku klux klan, un gañán, naco, pachuco y cafre carente de toda cultura, o un psicópata y asesino serial? ¿No es evidente que estamos aquí cayendo en la injusticia simétrica del igualitarismo fanático, esto es, tratar igual a quienes son profunda, irreductiblemente desiguales? ¿Por qué esta segunda aberración no solivianta a nadie, mientras que el tratamiento desigual a los que son iguales detona una revolución e indigna al mundo entero? ¿No debería el voto de Jean-Joseph Goux valer cien veces más que el de los mencionados fantoches? ¿No es correcto reconocerlo posesor de criterios y elementos de juicio infinitamente más refinados y clarividentes que los de cualquier gaznápiro o malandrín cuyo voto extorsionan los políticos con la promesa de una sopa popular?

El mundo tiene sed de excelencia, de autoridad, de figuras que susciten ese maravilloso sentimiento que es la admiración. Es un fenómeno que podemos percibir hasta en el lúdico, estrecho mundillo del fútbol, que elegí para dar inicio a estas cavilaciones. De sed se muere el mundo, sí. Sed de cultura y de conocimiento. 

Y los gobernantes del mundo entero, socialmente astigmáticos y daltónicos -por no decir ciegos- no advierten la sintomatología de las sociedades que pretenden gobernar. Es que ellos mismos no pertenecen a la aristocracia espiritual que he descrito. Son canalla con un cetro, chuscos con un báculo, plebeyos encaramados en un trono que les queda demasiado grande, y los hace lucir ridículos e insuficientes.

Redacción

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