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La más absurda de las guerras

Toda guerra es absurda.  Por definición,  por principio.  Lo que es más: la guerra es la más palmaria y obscena mostración humana del absurdo.  Es ahí -y no en el mito de Sísifo, n´endéplaise à Camus– donde más soez y brutalmente se revela al ser humano el sentimiento del absurdo. 

Aunque, si consideramos la infinita sucesión de las guerras que han jalonado la historia humana, podemos ver en ellas también una versión certera del mito de Sísifo.  Fuere como fuere, la guerra de la que quiero hablarles hoy es el summum del absurdo.  Se le llamó “la guerra del fútbol”, o “la guerra de las cien horas”, y la protagonizaron Honduras y El Salvador entre el 14 y el 18 de julio de 1969.

Honduras había sido pacíficamente ocupada por unos 300 000 campesinos salvadoreños abocados a la agricultura.  Algunos de ellos tenían medio siglo de vivir en Honduras.  Otras familias pasaban ya de los cien años.  Eran ciudadanos productivos y pacíficos.  A todo esto, El Salvador tiene una extensión de 21.000 kilómetros cuadrados. 

Honduras tiene 112 000 kilómetros cuadrados.  A pesar de que su área geográfica es más de cinco veces mayor que la de El Salvador, este tenía a la sazón una población de 3,7 millones, contra 2, 6 millones de Honduras. 

En 1969, la UnitedFruitCompany y otros poderosos terratenientes promovieron una reforma agraria para extender su dominio sobre los terrenos ocupados por los inmigrantes salvadoreños.  El gobierno la aprobó, y los 300.000 salvadoreños que vivían en Honduras fueron devueltos a casa.  Pero El Salvador no tenía la capacidad para reabsorber una ola migratoria tan grande: generaría anillos de miseria, desempleo y criminalidad. 

Fracasaron cualquiera que fueran los arrumacos diplomáticos que ambas naciones intentaron, todo terminó en el retiro recíproco de embajadas, y el 14 de julio El Salvador invadió Honduras.  La mayor parte de la guerra fue librada en este país.  El correlato futbolístico de esto es que en 1969, en esas mismas fechas, se jugaba la eliminatoria para participar en el Campeonato Mundial México 1970. 

En el área de la Concacaf, un campo había quedado vacante, toda vez que México, como país anfitrión, tenía la clasificación asegurada.  Esto liberó una plaza para los demás países de la región.  En el primer partido, jugado en Tegucigalpa, Honduras ganó por 1-0.  En el partido de vuelta, jugado en San Salvador, El Salvador se impuso por 3-0.  En ambos partidos hubo serios incidentes de agresión entre las barras de ambas naciones. 

La diferencia de goles no contaba, y fue menester un tercer partido de desempate, que se celebró en el colosal Estadio Azteca, de México -sede neutral-.  Triunfó El Salvador por 3-2, en tiempos extra, con gol de Mauricio Pipo Rodríguez, que muchos años después comentó: “De haber sabido lo que iba a provocar, jamás hubiera marcado ese gol.  Hubiera volado el balón veinte metros por encima del marco”. 

Y esto encendió e incendió las pasiones.  Las barras de Hondureños y Salvadoreños se agredieron ferozmente en México, pese a los 17 000 efectivos que el país anfitrión desplegó in situ para evitar actos extremos de violencia.  Y luego se llevaron el fuego para sus países.  Con la invasión salvadoreña a Honduras, la guerra ardió en cuestión de nanosegundos.  Honduras mandó a sus aviones a bombardear las reservas petrolíferas de El Salvador.  Este a su vez bombardeó el Aeropuerto de Toncontín, en Tegucigalpa. 

El cerdo de Anastasio Somoza Debayle, sátrapa vitalicio de Nicaragua, ofreció a Honduras armas y municiones. Los ataques fueron al principio primordialmente aéreos. Pero las fuerzas salvadoreñas avanzaron por tierra hasta llegar ad portas de Tegucigalpa. Los cañones de los tanques salvadoreños tenían ya en la mira los principales edificios gubernamentales de Tegucigalpa. Murieron un total de 3.000 civiles: 2.100 hondureños, y 900 salvadoreños.

Ello en tan solo cuatro días, es decir, cien horas.  Intervino la Organización de los Países Americanos, varios cuerpos de paz, y por fin, el 18 de julio, se declaró el cese al fuego.  A fin de cuentas, El Salvador retiró sus tropas del territorio hondureño el 2 de agosto, presionado por toda suerte de instituciones internacionales.  Honduras permitió la presencia de un porcentaje de los campesinos que habían sido expulsados. 

El Salvador no pudo, de toda suerte, encajar el enorme reflujo demográfico que se le vino encima, lo cual provocó, años más tarde, la guerra de guerrillas entre el gobierno y el Frente Farabundo Martí.  El Mercado Común Centroamericano, esfuerzo de integración económico regional, quedó hecho añicos. 

Y la más lamentable consecuencia de esta infame guerra: las castas militares de ambos países se empoderaron, jugaron a héroes, ganaron las elecciones en las dos naciones, y sojuzgaron a sus pueblos con dictadores de extrema derecha que se perpetuaron en sus sillas presidenciales, en medio de las peores corruptelas imaginables, y enfrentando con alto saldo de muertos los frentes terroristas que los adversaban. 

Sobre toda Centroamérica cayó una noche espesa, fuliginosa, llena de muerte y de miseria.  Por lo que al fútbol atañe, El Salvador fue al Campeonato Mundial de México, donde perdió los tres partidos de su grupo, no marcó un solo gol y quedó en el último lugar de los dieciséis participantes.  Fue derrotado 4-0 por México, 3-0 por Bélgica, y 2-0 por la URSS.  Cada minuto que El Salvador estuvo en la cancha costó 17 vidas. 

Pero aun cuando El Salvador hubiese ganado el campeonato, nada justificaría las atrocidades que se cometieron, en una guerra que tuvo motivos políticos, agrarios y demográficos, pero que a nivel de muchedumbres, fue atizada por el fútbol.

La gesta de Óscar Arias, la pacificación de Centroamérica conseguida con el tratado de Esquipulas de 1987 es una proeza diplomática que nos ennoblece a todos, y un triunfo histórico para Costa Rica.  Sin disparar una bala, el presidente Arias consiguió lo que parecía imposible.  Contra el sentir de todos los escépticos, logró su propósito pacificador.  Y es que nunca es un hombre tan fuerte como cuando el mundo ha dejado de creer en él.

Redacción

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