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El paso del tiempo

Fernando Zumbado,

economista

Mi madre contaba que durante los dos años que mi padre pasó en Michigan, sacando su maestría, llegaba puntualmente una carta que él enviaba cada semana.

Ese era el medio de comunicación: cartas van cartas vienen a principios de los años 50.

Una vez que nos pasamos de los alrededores del Paseo de los Estudiantes a la Cooperativa Santa Eduviges  en Tibás, habiéndose creado el ICE, tuvimos teléfono, con comunicación  a través de las operadoras (tengo la recolección de que todas eran mujeres). El número era rural 28 y lo compartíamos  con los vecinos del frente, lo que por cierto ponía  en juego la privacidad de las conversaciones.

Años después, viviendo en Nueva York, recuerdo que mi padre me llamaba los domingos, tarifa reducida, para leerme las primeras páginas de los periódicos y mantenerme informado.

Estando en la representación ante las Naciones Unidas, a principios de los 80s, llegaban por correo los cheques del Banco Central con el pago de los salarios para los funcionarios de la Misión. A principios de año siempre había un retraso de al menos un mes, debido al nuevo presupuesto que atrasaba el giro de Hacienda al Banco Central y la emisión  de los respectivos  cheques por el instituto emisor. Y la cuesta de enero era más empinada como consecuencia de ese atraso.

Y viendo aún mas atrás, recuerdo la alforja del abuelo Rómulo y la pistola 45 de cañón largo, su equipo de trabajo como pagador del gobierno. Iba a caballo con el efectivo en la alforja a dejar los sueldos de los trabajadores del Estado en sitios remotos.  Tiempos aquellos, por suerte nunca tuvo que hacer uso del revólver. 

Estas remembranzas de otra época se producen en este siglo de la revolución digital, donde todo es instantáneo y estamos bañados de información , aunque irónicamente a veces más lejos los unos de los otros.

Redacción

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