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El FARO que ilumina una crisis moral

MSC. Iván Mena Hidalgo.

Movimiento Esperanza Nacional – Educación.

La confianza es el valor fundamental de un sistema educativo sano y de calidad.  Es el ambiente natural de desarrollo de la niñez y adolescencia en las aulas de nuestro país y el intercambio en las familias.  La pérdida de ésta, debe calificarse como grave ante el desmantelamiento que se produce de la función social de la escuela.

La improvisación que se vive alrededor de las pruebas estandarizadas, inicia definitivamente por la falta de coherencia y secuencia, tanto en las decisiones como en las aplicaciones desarrolladas.

Teniendo como antecedente el anuncio del tras-anterior Ministro de Educación (es aún incomprensible el hecho de que en un solo gobierno ya llevemos 3 ministros, y ningún cambio obedece a un tema pandémico) de llevar como “misión” el eliminar el bachillerato porque “ésta prueba era una traba para encontrar trabajo” y la consecuente, apurada e incoherente introducción de las actuales pruebas FARO, nos obliga a analizar rápidamente el antecedente epistémico de las pruebas estandarizadas.

Para ello, primeramente; es importante establecer para los efectos de este artículo, que el acto educativo básicamente, es el que se desarrolla en un escenario donde se deben programar con exactitud los estímulos externos, refuerzos y conocimiento de entrada (inputs), con la pretensión de obtener, las respuestas deseadas (conocimiento aplicado-outputs). Con esto queda claro que todo acto de aprendizaje queda reducido a la relación estímulo-respuesta y es bajo esta ideología que se supone que, valorar el aprendizaje mediante pruebas masivas y estandarizadas, determina una herramienta valiosa para obtener información sobre los resultados que “está produciendo el sistema educativo”.

No obstante, la experiencia nos indica que esta búsqueda de eficiencia educativa, mediante estas pruebas, dista mucho de proveer una visión completa y rigurosa del mundo educativo. Lastimosamente la última aplicación las convierte más en una acción cuya perspectiva obedece a una dirección tecnocrática de la educación.

Históricamente, no logramos determinar con claridad, que este tipo de pruebas tengan un efecto inmediato sobre la calidad de los sistemas educativos, pues su diseño y conclusiones no han permitido detectar los fallos del sistema a un nivel de detalle suficiente para poder intervenir.

Los antecedentes más próximos, identifican una clara intención de evitar el diálogo, desde el anuncio de su aplicación en 2019, la no socialización de los resultados de los “pilotajes” aplicados, el secretismo alrededor de las mismas y la apresurada implementación, nos tienen con un “ruido” sobre los resultados tan grande, que nos lleva a reflexionar el hecho de encontrarnos ante intenciones meramente eficientistas, dando una importancia desmedida y casi exclusiva a la relación entre los contenidos programáticos y las respuestas de los niños y adolescentes, olvidándose de analizar la calidad de los contextos desde donde se desarrolla el acto educativo.

Así las cosas, las aplicaciones actuales: ni diagnostican la naturaleza de los procesos, ni tampoco identifican las causas o factores que intervienen en la consecución de ese determinado grado de desarrollo, sus fortalezas, debilidades y mucho menos, sus amenazas (factores externos).

La educación, el aprendizaje de las personas; deben ser encaminados a transformar y reconstruir diferentes esquemas cognitivos que les permita, en cada etapa de su vida, ser entes socialmente activos. Es este hecho el que debe determinar los elementos a utilizar para evaluar los avances, teniendo en cuenta que, cuando se está aprendiendo; la principal función de la evaluación no es tanto comprobar lo aprendido, no sin antes comprobar para asegurar, las condiciones que garanticen que sí se está aprendiendo. En tanto se logre asegurar este último aspecto, los gobiernos pueden apostar a una gestión participativa y generadora de confianza en la “cosa educativa”.

El hecho de que, en Costa Rica, la sociedad lleve a la educación como un valor determinante para crecer, es el que sostiene a nuestra nación y permite desarrollar plenamente la democracia, pero esto se ve amenazado cuando esta misma sociedad pierde la confianza y con ello su esperanza, ante la falta de credibilidad aumentada y acelerada por los últimos acontecimientos.

Cuando el discurso político es efímero, es de fácil detectar la intención de incorporar un régimen de estandarización y las nuevas relaciones de poder y control que se ejercen, nos mantiene inmersos en una crisis moral y nos acerca de forma peligrosa, a una crisis cultural. Todo ello, por el mal uso político de los resultados, desde donde se apuesta por determinadas concepciones ideológicas.

Ante la necesidad de cambiar.

Las pruebas estandarizadas, hasta la fecha, no hacen más que exacerbar una mirada crítica y descalificadora sobre las escuelas y esto incide y afecta con mayor fuerza sobre los estudiantes más pobres y vulnerables, quienes son los que, por sus contextos, exhiben los resultados más bajos.

Los factores asociados que se usa incorporar en algunas aplicaciones de estas pruebas, no logran aún eliminar la responsabilidad que recae sobre los estudiantes y profesores. Buscar separar mediante preguntas los sistemas sociales (económico, político o educativo) como si fuesen independientes, resulta ser una delicada falacia, pues todos se interrelacionan y su afectación es directa sobre los resultados, todos por mucho alejados de la justicia social y la igualdad de oportunidades.

La improvisación que vivimos, sin una ruta clara de ¿a dónde se va? Resulta en una crisis de sentido, por lo tanto, puede considerarse como una crisis moral que se propicia desde el incumplimiento de las normas por quienes las establecen, ante todo intento de penetrar en la intimidad de las personas y en los centros de circulación de la vida social, trabajo, mercado, política, educación y cultura en general.

Nuestra educación por sí sola no va a cambiar al país, pero ningún país cambia si no lo hace su educación.

Es importante en estos momentos, analizar los objetivos que se han cumplido, pero es responsable determinar las causas de esos alcances. Buenos o malos; se debe dejar de tratar como iguales a los desiguales. Mediante un sistema diagnóstico permanente, el ajuste periódico de contexto y la flexibilización curricular mediante estándares educativos, podemos avanzar hacia una mejor educación.

Nos toca no sucumbir, buscar cómo avanzar. Reconocer el esfuerzo desarrollado por docentes, estudiantes y familias, es encomiable y debe ser la base para reconocer que la educación sigue siendo cosa buena, aun y cuando algunas prácticas emergentes intenten desvirtuarla.

Un sistema de macro-evaluación integral es posible, la medición y evaluación educativa debe ya migrar al nuevo paradigma, el de la era de la colaboración. Para ello, un considerado diálogo social es determinante para generar un correcto pensamiento educativo que contemple todas las especificidades del mundo moderno.

Urge erradicar la deshumanización del sistema, la permanente violencia social provocada muchas veces por la indolencia de la clase dirigente, la falta de aplicación ante las estructuras.

Hoy se debe dar oportunidad a los actores de la educación específica, para que de ellos se provoque el ajuste debido. Ellos (alumnos, docentes y familias) encarnan el espíritu de lucha y abnegación por avanzar, a pesar de las circunstancias. Al fin y al cabo: lo han demostrado hasta la fecha.

Redacción

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