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Con los pies en el suelo

Federico Paredes,

analista agroambiental

Cuando se menciona la palabra suelo, tenemos una idea de que podría ser el piso sobre el cual estamos ubicados, o el sustrato sobre el que se construyen obras de infraestructura, o la superficie sobre la que se siembra una gran cantidad de productos agrícolas o bien, la parte de la corteza terrestre que sostiene todo cuanto hay sobre este Planeta.

Agrícolamente hablando, la edafología (ciencia que estudia el suelo), ha determinado que existen muchos tipos de suelos, como cultivos hay en el mundo; sabemos que el suelo que sirve para cultivar café, no es el mismo que se requiere para sembrar arroz o melón. Todo dependerá de las necesidades nutricionales que tenga cada uno de los cultivos y de la constitución biofísica del terreno, por ejemplo, cuánta porosidad y aireación posea, la cantidad de materia orgánica, la actividad de las lombrices de tierra, los contenidos de minerales y los elementos químicos que lo pueden hacer, o no, un terreno fértil.

En estos tiempos de mucha preocupación por la crisis climática, el suelo cobra una gran importancia debido a su alto poder de almacenar carbono; millones de toneladas de este elemento son acumuladas cada año en el suelo. Sin temor a equivocarnos podríamos decir que hoy en día, la “misión” del suelo, además de producir alimentos para un mundo hambriento, sería la de ayudar a reducir globalmente, el impacto del cambio climático.

Existe la corriente mundial de mejorar la biofísica de los suelos cultivables, incrementando para ello, la capacidad de retención de carbono. Por ejemplo, un suelo que tenga una gran actividad de insectos, lombrices, artrópodos y varios microorganismos, revelará no solo una gran vitalidad, sino que será un buen depositario de carbono.

En esta dirección, un ganadero belga de de Temse (municipio ubicado entre Amberes y Bruselas), Kris Heirbaut, inició hace algunos años, un proyecto piloto denominado “Agricultura del Carbono”, que fue financiado porla Unión Europea.

Con los debidos controles y registros, este proyecto finalizó con éxito en 2021, lo que le ha permitido a los agricultores y ganaderos de Bélgica, Holanda, Noruega y Alemania, vender créditos de carbono, debido al CO2 secuestrado en sus tierras.

La asesoría de la Unión Europea les permitió a los productores de estos países, obtener todo el apoyo técnico y científico, así como el soporte administrativo, para emitir y poder vender en el mercado local, estos créditos.

Fue tal el éxito que vio la Unión Europea en esta inciativa, que ideó extenderla a otros países y regiones del Viejo Continente. Se desea privilegiar las prácticas agrícolas que usen fertilizantes ricos en carbono, reduciendo los manejos mecánicos que dañan el suelo, introduciendo el terraceo en pendientes y sembrando árboles y arbustos que puedan absorber el CO2 de la biosfera.

Actualmente hay un debate entre oceanógrafos, climatólogos y ambientalistas, sobre cuál entorno captura más carbono: si el suelo o las masas oceánicas. Lo cierto es que el agro no intensivo, puede ayudar a la captura de más CO2, si no se se sobreexpone el suelo al arado o laboreo mecánico excesivo. Un suelo pobre apenas puede capturar carbono.

Cuando este proyecto se inició, Kris Heirbaut cultivó llantén (Plantago major) que es una plantaginácea, altamente reconocida como retenedora de carbono, así como otros cultivos de rotación anual, como pasturas, trébol, alfalfa y achicoria.

Heirbaut resalta el hecho de que al no ser agricultura industrial la que él practica, le permite cosechar los cultivos sin dañar el suelo, es decir, sin liberar carbono de éste, quedándose ahí por mucho tiempo. En las zonas de repasto, Heirbaut ha sembrado árboles y arbustos que no solo le dan sombra al ganado, sino que retienen este CO2.

La AEMA (Agencia Europea del Medio Ambiente) calcula que unas 385 millones de toneladas de CO2 provienen de zonas agrícolas en las que se practica la agricultura industrial de ese Continente. Los expertos indican que la presencia de carbono en el suelo, es señal del buen estado de salud de éste. Esta Agencia reconoce ademásque, entre el 60 y el 70% del suelo europeo, está en la actualidad degradado, debido a básicamente a tres razones: alto uso de plaguicidas, excesiva aplicaciónde fertilizantes químicos o a la práctica de una agricultura altamente intensiva, es decir, mecanizada.

Mucho se ha hablado de la rotación de cultivos por unidad de área, y ahora ese tema cobra una especial relevancia, al enfatizarse la siembra de cultivos que introduzcan nitrógeno al suelo, además de reemplazar los agroquímicos tradicionales por abonos orgánicos y evitando la erosión superficial.

Claro, en este escenario no todo es “color de rosa”, en EUA unas 200 ONG se han opuesto a la aprobación por parte del Congreso, de una ley que pretende incentivar el cultivo del carbono. Esto podría ser un arma de doble filo, ya que grandes empresas tales como refinadoras de petróleo, centrales eléctricas o grandes fábricas contaminantes, podrían comprar créditos de carbono, para “expiar culpa”, o inclusive para incrementar sus actividades emisoras de contaminantes.

Lo bueno es que cada vez existen más agricultores y ganaderos conscientes de su responsabilidad en desarrollar sus actividades de manera responsable y con el menor daño posible al medio ambiente, especialmente ayudando a minimizar los efectos del cambio climático.

Definitivamente, Kris Heirbaut puso los pies en el suelo con su proyecto de Agricultura del Carbono; un ejemplo digno de ser imitado en nuestras latitudes hispanoamericanas.

Redacción

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